miércoles, 26 de noviembre de 2014

Agua de Vida

      En cada nuevo rincón que descubro en mis idas y venidas, siempre aparece ella. No importa lo recóndito del lugar ni lo inaccesible, ella siempre está ahí. Si elevo mi vista al cielo, o si la hundo en lo profundo de la tierra, si cierro los ojos, si doy media vuelta,..., me atrapa en su belleza y pureza, en su simplicidad, en su fuerza ancestral.

      Estoy deseando perderme para volver a encontrarme con ella y maravillarme en sus mil formas de sorprenderme. 

      Con el agua... Con la vida...


martes, 21 de octubre de 2014

En Mareas Misteriosas

   Es enriquecedor participar como un mero espectador de la inmensidad del mar. Un mar lleno de vida, de secretos, de tesoros, de historias de piratas, de muerte seguramente.

   Me apoyo en la barandilla que cubre el paseo marítimo, cierro los ojos, tomo aire intensamente, y abro los ojos mientras dejo salir el aire lentamente de mis pulmones. Y se me dibuja una sonrisilla en la cara por poder ser una pequeña gota en este inmenso mar que en algún lugar pasa a ser océano. Me divierte ver la alocada carrera de un perro por la orilla de la playa, jugando con las olas que mueren en la arena; me admira ver el atrevimiento y la soltura de aquellos que se atreven a dominar el mar sobre su tabla de surf; me da envidia ver a aquellos que tumban sus cuerpos en la arena o que disfrutan del tiempo con un par de palas y una pelota. La cara calmada, tierna del mar, la versión familiar.

   Tomo un sendero que bordea la costa, y llego a un pequeño acantilado. Vuelvo a cerrar los ojos, vuelvo a tomar aire intensamente, y vuelvo a abrirlos dejando escapar lentamente el aire. Mi primera intención es dar un paso atrás. Aquí el mar está bravo, furioso, guerrero. Enviste con fuerza las rocas de los acantilados una y otra vez. Siento respeto, que no miedo. Bueno, tal vez un poco sí. Me invento una historia de piratas, de esas en las que el barco acaba chocando contra las rocas, y muere en el fondo del mar. De esas en las que el mar se encargará de trasladar las almas de los ahogados a la otra orilla para su descanso eterno.

   Retomo el sendero, que me termina llevando hasta el faro. Hasta ese rayo de luz que ilumina la noche, que da esperanza en las noches de tormenta, que reta constante a los llantos del mar. Ese que desde aquí, domina a lo largo y a lo ancho hasta donde la vista se pierde con el horizonte. Ese que se me ha presentado como un compañero inesperado de viaje en mareas misteriosas.

   El viaje ha comenzado. La vela está izada. Voy sin brújula, pero con rumbo. Y un cofre bien cargado de tesoros que nadie me arrebatará jamás, y a los cuales espero añadir otros tantos igual de valiosos.

   Y por supuesto, una botella de ron.


sábado, 13 de septiembre de 2014

De Beethoven a Bach

      Siempre me había sido bastante indiferente todo lo referente a la música clásica. Cierto es que, como la gran mayoría, siempre he tarareado alguna de las piezas más conocidas, pero como algo automático, no realmente porque me hayan gustado. Reconozco que hasta le he visto más bien poco sentido a este tipo de música.

      Cuán equivocado estaba.

      Un buen día, así como por arte de magia, mi mente se abrió y se rindió ante este estilo musical, las notas comenzaron a hablarme y a desvelarme los secretos que guardaban desde hace siglos, mi mente comprendía, y mi corazón sentía. Desde entonces he mantenido varias conversaciones con Beethoven, Bach o Verdi, entre otros.

      Ellos han sido capaces de liberar ese rinconcito de mi mente encerrado bajo llave. Una llave que tenía forma de clave de sol, cuyas notas me rodeaban como si de amantes de tratasen.

      Gracias a ellos, a los que crecieron humildes para mantenerse eternamente grandes, fui capaz de encontrar el hilo conductor a un proyecto que desde pequeño siempre ha rondado por mi mente, y que en un día espero no muy lejano, termine viendo la luz en este mundo rodeado de luces y sombras.


jueves, 14 de agosto de 2014

Agosto de calor...

            Siete de la mañana. El despertador suena puntual a su hora, no me da ni un minuto de tregua. Ni tan siquiera para poder saborear las últimas imágenes de ese sueño que ha invadido mi subconsciente durante toda la noche. Se desvanece sin más dando paso a la realidad, a la rutina, la de prepararme un café cargado con medio sobre de azúcar, la de calzarme las zapatillas de deporte cubiertas de polvo, la de la espera que aguarda con quietud por centésimo día.

            Cargo mi reproductor MP3 con esa lista de reproducción que comienza sonando con las notas que se escapan del violín de David Garrett, y que después continúa con esa voz rota de Bryan Adams, para poco a poco ir cediendo el protagonismo a canciones más cañeras dignas de una clase de spinning.

            Gafas de sol, ropa cómoda. Hoy ha amanecido algo más fresquito el día, el leve viento que se levanta ayuda a comenzar la caminata con un poco más de entusiasmo. Ya habrá tiempo para el calor a lo largo del día. 

            Dejo atrás los caminos de alquitrán para adentrarme en los de tierra, tal y como años atrás hacían nuestros padres, nuestros abuelos, y los abuelos de nuestros abuelos. Caminos que van de la mano de pequeños riachuelos, que se cobijan en la sombra que nos regalan los árboles, que a su vez nos regalan eternos cantos de pajarillos que anidan en sus ramas, o que simplemente han parado para tomar aire y continuar su viaje por el cielo.

            El camino se bifurca en dos. El de la izquierda es el que toma la gente que va adelantada a mis pasos. ¿Por qué no igualmente con el de la derecha? Yo no quiero ser como toda la gente. Saciaré mi curiosidad. Se cumple ya casi una hora de caminata, alrededor de 6 km caminados, y la lista de reproducción va apurando sus últimas canciones que vuelven a ser más calmadas. A mí todavía me quedan fuerzas para posponer el punto de media vuelta a casa.

            "A medianoche en el acantilado, yo llego tarde, tú estás esperando ya frente a las olas imaginando, cómo sería dar el salto...". Amaral siempre tan acertada. Llego a un pequeño rinconcito en el que surge un pequeño lago cuyas aguas son movidas por una pequeña noria hidráulica, y cierro los ojos y mi mente viaja hasta la playa de Riazor y vuelvo a sentir ese viento del mar que nubla la mente y la vista.

            No puedo evitar sentarme unos minutos, sacar un cigarrillo, y fumarlo como un poseso. Agosto se está haciendo más largo de la cuenta, y el calor no ayuda.

            Septiembre vendrá con tormenta, siempre lo hace.


jueves, 1 de mayo de 2014

La Sinfonía de mi Vida

           


             Qué tarea tan compleja la de conseguir formar una banda de música compensada en cuanto a instrumentos y versátil en cuanto a estilos, y sin embargo, cuan reconfortante es para ese director de orquesta el momento que, frente al escenario, da un paso atrás para tener una visión completa de ese elenco tan variado que espera ansioso el instante que con gran y humilde maestría, la batuta comience su danza dando vida a los instrumentos que con tanto mimo han sido afinados.

            Todavía resuena en mi recuerdo el día en que me citaron para una audición de la que yo ni siquiera tenía conocimiento: “¿Podrías pasarte esta tarde sobre las 19:30? Nos gustaría poder contar contigo en una nueva obra que estamos preparando.” Yo que siempre he sido bastante echado para delante, acepté. Y seguidamente, mi mente se vio invadida por cantidad de preguntas curiosas, aunque en mi interior algo me decía que sin duda, este sería uno de esos momentos que pondrían un punto y aparte en la historia de mi vida.

            Tal y como acostumbro a hacer en esas ocasiones especiales, dediqué las horas previas a dejarme invadir por las tenues notas de Verdi que se escapaban del equipo de música del salón de mi casa. Es una excelente manera de reencontrarme conmigo mismo, de traerme de vuelta a mi presente, y de colocar mis siguientes pisadas en el lugar exacto en que quedó grabada la última. Ahora ya me encuentro preparado. Se aproximan las 19:30, y dispongo de diez minutos para llegar con cinco minutos de antelación a mi cita. Sí, mi obsesión por la puntualidad siempre va cinco minutos adelantada. Es un viejo vicio que tengo.

            Cuando llego al lugar, salen a mi encuentro dos miradas: una, tan cómplice como el primer día; y otra, que denota curiosidad e impaciencia. Nos sentamos en torno a unos cafés recién hechos y, tras las presentaciones oportunas, comienzan a desgranarme con minuciosidad el motivo de mi presencia hoy en este lugar. No puedo evitar sentirme contagiado por el brillo que desprenden sus miradas, y es que como por arte de magia, como pocas veces me ha pasado, los latidos de mi corazón han comenzado a marcar un nuevo ritmo.

            No fue necesario confirmarles mi consentimiento a ser partícipe en esta nueva aventura. Mi mirada fue un medio suficiente del que se sirvió mi corazón para transmitirles que desde ese momento, mis pies caminaban junto a los suyos en este nuevo sendero que, como si de un cuento de niños se tratase, también comenzaba con las palabras “Érase una vez…”.

            Pero, ¿qué es lo que se era? La respuesta la puedo resumir en cuatro palabras: un regalo del cielo.

            Un cielo muy terrenal en el que también existen los ángeles, ¡vaya que si existen! Con las más majestuosas alas abiertas que nunca pude imaginar, me fueron dando la bienvenida a su mundo, que ahora también es mío. ¿Cómo agradecer tanta calidez, tantos sentimientos, tanta empatía? Cuántas confesiones a lo largo de este poquito tiempo, cuantas risas y sonrisas sinceras. Cuanta humanidad. ¡Cómo me gustan los cuentos que de principio a final son felices!

            Es admirable la inagotable alegría que desprenden ese grupo de hadas de los bosques con sus danzas y sus risas en las tardes más frías del invierno; la fe que manifiestan esos traviesos duendes que siempre están ahí ofreciendo un hombro en el que apoyarse para dar el siguiente paso; la sabiduría de esas reinas magas que siempre tienen la poción adecuada; la disposición de tantos elfos y elfas que surgen de entre la nada cuando se reclama un poco de ayuda. Y sobre todo, la fuerza más pura de esos príncipes y princesas dignos de ser protagonistas de los cuentos que los padres y madres deberían contar a sus hijos e hijas, porque es la vida real la que ha hecho, hace y hará de nosotros, las personas que somos.

            Tras tantos días de momentos compartidos, ahora es cuando en realidad soy consciente del trasfondo de esa obra a la que requerían mi presencia con tanta insistencia. Sin duda es algo que va más allá de lo que me contaron aquel día en torno a aquel café recién hecho. Siento que ya formo parte de ese todo al que un día fui invitado a unirme. Siento que en mi interior, en ese rinconcito que cuido con tanto mimo, habitan nuevos sentimientos, nuevos conocimientos, nuevas realidades que me eran ajenas hasta ahora; pero sobre todo, habitan un grupo de pequeñas estrellas que con sus distintos brillos y destellos iluminan mi interior.

“¡Tienes un brillo especial en los ojos!”. “¡Ay! ¡Y que me dure eternamente!”


Ahora entiendo a ese director de orquesta cuando se emociona contemplando a su orquesta. Ahora sé que no es necesario poseer ni el mejor ni el más afinado de los instrumentos, si no el adecuado y preciso. Ahora sé que la sinfonía de mi vida suena simplemente perfecta porque las notas que la componen no son de este mundo.

viernes, 4 de abril de 2014

El Mágico Poder Curativo de la Música

            Para celebrar el Día Internacional del Niño con Cáncer, los Guachis (pacientes de oncohematología Pediátrica de Albacete), familiares, personal y voluntarios pusieron en escena este musical.

EL MÁGICO PODER CURATIVO DE LA MÚSICA:


jueves, 13 de marzo de 2014

¿Ver para creer o creer para ver?

            Recordando varias frases que recopilo a continuación:

"Hay quien no sabe ver más allá de sus propias narices" (Mary Poppins)
"Necesito tocar esas llagas" (ante la resurreción de Jesús)
"Ahora sí, creo porque veo" (Rick O'Connell, en El Regreso de la Momia)
...

            Se nos inculca tan a menudo la necesidad de que necesitamos ver para creer, o muchas veces nos lo autoimponemos a nosotros mismos, que hay momentos en que la humanidad deja de ser un poco más humana para volverse un tanto más "fría y programada", e incluso me atrevería a decir también que conformista, pasota y vacía.

            Creo que estamos demasiado expuestos a esa energía gris que desprenden muchas personas, algo así como cuando sucede algún tipo de fuga radioactiva y todo lo que queda en un radio de X kilómetros termina perjudicado en mayor o menor grado. Si lo veo, entonces lo creeré. Pero no tendré fe en ello.


            Por fortuna, siempre encontramos brotes verdes si los buscamos con paciencia (no me refiero a los tan ya nombrados 'brotes verdes' de la economía). Brotes que resisten todo tipo de adversidades y se aferran con sus raíces fuertemente. Brotes que no necesitan ver la luz del sol para saber que el astro rey está ahí, oculto entre las nubes, pues en verdad creen en el sol.

            Por fortuna, con paciencia he terminado encontrando un gran bosque repleto de esos 'brotes verdes', personas que no necesitan ver para creer, si no que creen para ver. Porque cuando creemos en algo, cuando le aportamos esa energía que fluye de unos a otros y nos retroalimenta para tomar nuevo impulso, terminamos viendo aquello en lo que creemos.

            Y a día de hoy, todos creemos. Y más pronto que tarde, terminaremos viendo.

*Con todo mi cariño a Hugo, Olga, y Santi. Y a todos los que tenemos un pedacito de nosotros con ellos. Porque creemos.